Celebro por todo lo alto que, por fin y a Dios gracias, aunque sea ya para el final, algunos empiecen a ventilar sus opiniones públicamente; aunque es de lamentar —hay cosas que nunca cambian ni cambiarán— que la voz emplumada no alcance a escucharse con firmeza y claridad, pero ni modo.
Es de rescatar, primero, la oportunidad, la pertinencia —lo estratégico del timing—, de la publicación. Cuando ya se van. Porque hace falta tener coraje para decir las cosas cuando la moneda está en el aire, cuando no se sabe qué va a pasar o qué no y hay que fijar postura y echarle pecho al asunto.
Claro que no todo mundo puede hacerlo, hablar cara a cara, con la frente en alto, la mirada fija y sin sonrojos, porque —otra vez hablando de oportunidades—, en su tiempo, se pasaron la vida olisqueándole el trasero al presidente en turno; detrás de él o ella, como falderillos tras de un hueso o su sobre… de Chow Chow.
¡Qué cómodo es ahora venir a presumir de virtud! ¡De integridad! ¡De entereza! ¡Qué cómodo y qué risible! Pues lo cierto es que cuando pudieron alzar la voz, se quedaron callados, como momias (diría el clásico). Un buen par de ejemplos lo constituyen el día ya lejano de su designación o este tiempo de incertidumbre que estamos viviendo; ahora sí, resulta fácil deslindarse y manifestarse a voz en cuello, cuando en su oportunidad (otra vez), les temblaron las corvas para decir: “¡no!”.
Para decirle que “no”, en la cara, a César Duarte y a su mayoría parlamentaria cuando, según ellos, los usaron para legitimar el proceso de designación; porque alguien con auténtica virtud, integridad y valor no habría sido cómplice beneficiario del “atropello” que los tiene tragando caliente por primera vez en su vida. Entonces, como ahora, como siempre, prefieren someterse y sacar la honra —o una carrera judicial que en muchos casos no existe porque se confunde con antigüedad en el puesto— para cuando no sea preciso correr peligros o arriesgar el pellejo.
Para decirle que “no”, en la cara, a los magistrados que los propusieron y alentaron su designación y espetarles: “fíjate que no, m’ijito, métete tu cargo por donde te quepa, porque no voy a permitir que me usen para legitimar este proceso de designación, porque mi virtud, integridad y valor no me lo permiten”.
O más recientemente, para decirle que “no”, en la cara (o por escrito, o con gestos, o “a mentadas de madre”), a MORENA y sus secuaces, con su reforma golpeadora de la carrera judicial; o para decirle que “no”, en la cara, a los senadores que votaron a favor de la reforma golpeadora de la carrera judicial; y en cambio, alegremente fueron a olisquear por si había algo que recoger del suelo y llevárselo a las fauces.
Por no hablar de la sospecha que me genera que les haya salido lo dignos cuando por fin se pueden ir no merced al deber sino al haber.
Pero, ¡bueno!, ¡qué bueno!, que por fin empieza a haber alguien que hace tímidos intentos por sacar la cara y balbucir cuasiverdades, o medidas verdades, o verdades convenencieras, o verdades hechas a modo, que son las únicas posibles para quien no tiene pantalones ni vergüenza para asumir a cabalidad lo que es, o no es, o pudiera ser, o a lo mejor sería, o tal vez no, o quién sabe (diría el inefable Capulina).
Por lo pronto, aplaudo la iniciativa de esos plumíferos desahogos públicos. Echo en falta, insisto, la necesaria transparencia de sus dichos y su falta de arraigo en la memoria colectiva de los chihuahuenses; primerizos como son, en esto de decir lo que verdaderamente se piensa, o se cree, o se siente —sin fingimientos ni desfiguros, sin equívocos ni disimulos—, pocos saben quiénes son o por dónde masca la iguana.
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Luis Villegas Montes.