Luisillo: Ad Astra Por. Luis Villegas Montes.

Esta carta se iba a intitular: “Luis y yo” pero con el cuento del latín así se quedó y ni modo.

El fin de semana vi una película que quería ver desde hace semanas y, en segundo lugar, sirve de encabezado a estas líneas: Ad astra o, escrito en español: “Hacia las estrellas”.

Contársela me acarrearía una enorme serie de perjuicios empezando por confirmar esa vieja acusación (¡Ah, cómo me ha dolido!) de que cuando hablo de películas las spoileo: ¡No es cierto!

En fin, no le voy a contar nada que el título, o la imagen de Brad Pitt (ya está cascadito, oiga) con casco de astronauta y traje de ídem, no le sugieran: sí, se trata de una película del espacio que, para mayores datos, la crítica de cine la califica como de: “suspenso y ciencia ficción”; y que protagoniza el susodicho Pitt, y el más bien feíto, Tommy Lee Jones, con una aparición muy marginal de Donald Sutherland.

Vaya y véala porque, aunque trillado, el leitmotiv de la cinta es siempre maravilloso: cómo, en ese trajín que llamamos “vida”, nos vamos olvidando de las cosas realmente importantes; y, a veces, en ese afán de descubrir mundos o espacios, nos olvidamos de lo fundamental: hurgar y descubrirnos a nosotros mismos. Como siempre en estos casos, le sugiero que vaya al cine, adquiera una cajota de palomitas… y el refresco lo compre afuera.

Yo digo que me anticipé al mensaje de la película porque —dos días antes— procedí a hacerle los honores a ese hecho de vivir lo que en la vida importa verdaderamente: resulta que, el martes de la semana pasada, recibí una llamada de Luis Abraham, mi hijo el mayor quien, con esa voz cavernosa que tan bien conozco, con un gutural y ominoso “papá”, me emplazó a verlo. No habría sido tan grave el asunto si no hubiera agregado de inmediato: “necesitamos hablar”.

¡En la madre!”, pensé; un “necesitamos hablar” de mi retoño provoca una inenarrable conmoción en mi interior seguida de escalofríos; se agita mi espíritu, se me dispersan las ideas, se me contrae el… alma; y si a eso le agrega usted que, muy a mi estilo, en ánimo preventivo retruco yo con un perentorio “¿para qué?” y él me replica con un (todavía más escueto): “personalmente”; no, entonces sí, un cataclismo súbito me embarga por dentro y hasta un conato de lágrimas asoma a mis ojos.

La verdad que eso me pasa por prejuicioso y hocicón porque no era nada del otro mundo y terminamos jugando billar y dominó. La sana costumbre que habíamos forjado años atrás, de vernos semana a semana a esos mismos menesteres, se truncó por no sé qué misteriosos contratiempos a los que es tan afecto él; y en esas estábamos, hasta el viernes, que fue cuando nos vimos, y convinimos en repetir, los jueves, esa cita tan necesaria, para reconciliarnos de la circunstancia de ser padre e hijo, con todas las desavenencias y complicaciones, encuentros y desencuentros, apremios y prórrogas —y afectos y ternuras— que tal condición nos depara.

Como sea, espero que sí, que nos veamos el jueves, por lo menos para la revancha, pues en el billar terminamos cuatro a uno, favor él; y en el dominó, después de dos manos, lo dejé con un orondo setenta a cero, que lo llevó a decir: “oye, como que cien puntos son muy poquitos”; pero no, porque después de eso no volví a ver la mía. El final estuvo de infarto porque poquito a poquito fui alcanzándolo, hasta que dio la vuelta la partida; y estábamos en un setenta a noventainueve (favor él); al que siguió otro setenta a noventainueve (porque con todas en contra me quedé sin fichas y le ahorqué la mula de ceros)… y ya después él me ahorcó a mí con un setenta a cientoveintitantos (no tuvo caso contar ya).

Por eso sí, Luis y yo: hasta las estrellas.

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Luis Villegas Montes.

luvimo6608@gmail.com , luvimo6614@hotmail.com

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